Me despiertan los belgas que, provistos de linternas para la cabeza comienzan a prepararse a las 5 de la mañana.
Teniendo en cuenta el ejercicio físico y el desgaste propio del clima al que nos enfrentamos a diario, suelo irme a la cama alrededor de las 8-9 de la noche. Ni que decir tiene que es fundamental echarse una siesta nada mas llegar al albergue, sobre todo para que descansen las piernas; en la Puebla de Sanabria me salte este delicado plan de recuperacion y tuve una de las crisis mas duras del camino: Tendinitis, suspender o no suspender.
Me despierto, como decía, entre sábanas y almohada...la primera vez en una semana que prescindo de mi minisaco de dormir. Recojo mis cosas y salgo del palacio con la fresquita.
Anoche cenamos en el albergue, los franceses, los valencianos y una pareja de americanos. Hice una menestra que ofreci a mis compañeros de viaje, junto con los embutidos y quesos que juzgue mejores en el supermercado. Menos mal que estoy de paso...si viviera en este pueblo pesaria 150 kilos, qué bueno esta el salchichón ibérico con un buen queso curado. Grasa pura sí, pero esto mañana a esta misma hora está quemado.
Los belgas querian comer cerdo ibérico y no tuvieron problemas para desembolsar una buena pasta en el restaurante del Parador que tenemos a sólo 100 metros. Zafra es una verdadera preciosidad y en Extremadura los albergues se sitúan normalmente en los cascos históricos de la ciudad, así que todo esta a mano. Olvido con facilidad los problemas de señalización y me alejo de Zafra, dirigiéndome siempre al norte...afortunadamente hasta Zamora no comenzaremos a virar hasta el nor-oeste.
Pasada la primera semana, el transporte de comida demuetra su utilidad: llegar un domingo a las 4 de la tarde a un pueblo perdido de la geografía española es una invitación para el sablazo del famoso menú del peregrino e incluso en algunas poblaciones ni eso...nada de nada, ni agua. A medida que nos introduzcamos en el interior de la españa profunda la previsión se convierte en algo instintivo, pero sirve de mucho que nos pase por primera vez lo de quedarnos descolgados de pertrechos, de los errores se aprende.
La guía dice que la etapa de hoy tiene 36 kilometros hasta Almendralejo. Teniendo en cuenta que no me entrené de ninguna forma antes de hacer el camino, en aquel momento me pareció una pasada recorrer tan sólo 10 km en un día. Teniendo en cuenta que en la etapa del arco de Caparra no tendría mas remedio que recorrer más de 30, preferia esperar y ver como respondia el cuerpo. Los primeros dias, ni que decir tiene, las agujetas provocan fatiga y un cansancio in extremis a los músculos desacostumbrados a caminar. Pero con el tiempo, se va creando una resistencia y el cuerpo te pide más.

La llegada a Villafranca se produjo bien entrada la tarde, pero descubrí uno de esos paraisos para peregrinos: Casa Perín. Por 18 leuros me dejaron una suite con cama de matrimonio, frigorífico, tv y baño completo; todo con ese toque rústico-familiar por el que algunos listos suelen cobran un plus. Un trato excelente, cocina compartida y un pequeño patio para ver las estrellas.
Allí, tras 9 dias, conozco a la primera española que me encuentro en el camino. Guadalupe tiene en su verbo y en sus gestos ese toque de inteligencia que da la experiencia de una vida dura, fuera de los círculos sociales urbanos donde se estilan los caracteres evitativos. Hablamos de filosofía, de jardinería, de educación y por primera vez me preguntan diréctamente porque estoy haciendo el camino. Lo primero que irrumpe en mis labios es un sincero: soy ateo; pero bien es cierto que parte de la utilidad de mi viaje es estar en comunión conmigo mismo y con el resto del mundo. Si ando cada dia es para responder a la pregunta de "¿ y por qué no?".
Al parecer he perdido la pista de los franceses. Tras casi 200 km en los que he compartido con ellos una familiaridad sorprendente por mi parte, con lo cerrado que yo soy en círculos nuevos, echo de menos sus risas nocturnas, sus tarareos, su compañia, saber que tienes una atmósfera alrededor...son percepciones subjetivas, pero minutos antes de dormir pienso en ellos, en Grace, en los coreanos, en los belgas, los americanos y decido poner fin a mi viaje en Merida.
Estoy en los limites de mi resistencia y mi cuerpo lejos de acostumbrarse al ejercicio se esfuerza por expresarme que está a punto de venirse abajo; ampollas, rozaduras, inflamaciones, dolores de espalda, de cuello, de cabeza, etc.
No hay comentarios:
Publicar un comentario