
Lo más curioso del camino son los desayunos. En la vida, te privas de los excesos alimenticios con rectitud enfermiza y si caes en la tentación te obligas al consumo de desproporcionados episodios de insatisfacción lightianos.
Sin embargo si tienes que recorrer a pie más de 20 km, lo que te exige una exposición a las inclemencias de la naturaleza, el desgaste muscular y la quema de grasas, te permites el lujo de desayunar un plátano, tres batidos, una bandeja de palmeritas y chocolate. Y no han pasado 3 horas cuando vuelves a hacer la ingesta de calorías, embutidos, huevos, lacteos y derivados. Es entonces cuando entiendes la utilidad de la comida=energía.
Son las 6:30 de la mañana y a mi alrededor todo el mundo consume prácticamente lo mismo. Algunos se dedican un homenaje con un café frio con edulcorante acompañado de las sobras nocturnas, otros desayunan latas de conserva y los deportistas barritas energéticas y bebidas isotónicas. El día comienza a clarear cuando me dispongo a salir, son las 7:00.
Hoy voy a vaciar la mente de todo, sólo voy a andar. Alrededor de las 9 y tras iniciar la subida de una loma, veo por el rabillo del ojo a Pierre y Jaques, los belgas irreductibles. Avanzan ayudados por sus palos de trekking y su mochilita de preescolar. Mi mochila pesa alrededor de los 20 kilos, en contra de todo lo que dicen las guías, pero todo lo que llevo me será util..lo presiento.
El camino, a veces, se hace por carreteras nacionales; en realidad el camino está por debajo del alquitran.
Hoy, más del 60% de la etapa se hace por carretera encrespada. Parece que tras ella, llegaremos a un parque natural que hay que cruzar y al final nos espera algo llamado el Cerro del Calvario, pero en esos momentos no alcanzo a imaginar qué forma pueda tener.
Pierdo la noción del espacio y el tiempo, la percepción de la profundidad y de mí mismo. No veo ni rastro del grupo pero pienso con tristeza en Grace...la imagino enfrentada a esta etapa y me dan ganas de esperarla para convencerla de que abandone. Mientras escribo esto sentado a las puertas del albergue de Almadén, han pasado 10 horas desde la llegada del último peregrino que vió a Grace...y me estoy pensando seriamente alertar a alguna autoridad local de su situación.
Llegados a las puertas del parque natural descubro que recorridos 17 kilómetros, la verdadera dificultad se halla el Cerro del Calvario. Me tomo un descanso en compañía de algunos franceses, belgas y alemanes. Observo cómo Jaques y Pierre siguen avanzando por carretera y tras una horas descubriría cuan inteligente había sido esa estrategia.
Se me escapa cuál es la morfología que ha de tener un parque natural, pero dudo que los desiertos puedan estar considerados como patrimonio natural. Subidas, bajadas y cuando estoy al borde de mis fuerzas descubro que el Calvario es una montaña de altura equivalente a la Giralda cuya pendiente parece fruto de un terremoto paleolítico. Es en la montaña cuando me hago cargo de cuántos peregrinos somos en total: 13 + los belgas inteligentes que eligieron el otro camino.
Tardo alrededor de 1 hora en recorrer los 700 metros de subida para descubrir que la bajada consiste en el cauce de un rio, estilo camino de cabras y descrito por los peregrinos como una bajada "rompe piernas".
Silvia, la alemana, tararea una canción y me grita desde abajo que le apetece una cerveza que me de prisa que sólo hay un albergue y me va a tocar la cama de arriba.
Al borde de mis fuerzas, paro en medio de la bajada para respirar y porque las rodillas me van a explotar. Veo pasar a casi todo el grupo y me despido de la cama de abajo (con su comodidad a la hora de las meadas nocturnas, libertad de movimientos, etc).
Llego antes que los coreanos, el albergue está hasta los topes. Al quitarme los zapatos descubro la formación de las primeras ampollas y cometo el error de cubrirlas con Compeed...herramienta satánica a la que le dedicaré un post próximamente. Es la primera vez que me planteo abandonar el camino, estoy literalmente hecho mierda y no tengo fuerzas ni para subirme a la cama.
Sin embargo, me bastan los tímidos ánimos de un bicigrino para irme a la cama con esperanza de que mañana me irá un poquito mejor. No son las 20h cuando ya estoy embutido en mi saco y me quedo frito antes de que pueda pensar nada más.
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