miércoles, 22 de junio de 2011

5ª etapa: Monesterio - 100 km


En pocos días y a tenor de los últimos acontecimientos, las barreras idiomáticas que nos obligaban a comunicarnos por señas han sido sustituidas por un lenguaje que podríamos denominar "de confianza" y de "esfuerzos de comprensión".
A continuación algunos ejemplos didácticos:
- Manuel, tu luego cenar?
- Sí, ok y vosotros?
- Ok
- Son las 4 ahora, a que hora cenais?
- A las 7?
- Dónde?
- Tu conoces?
- No pero pregunto a la hospitalera
- Ok, tu preguntas y comemos a las 7
Todo esto expresado con 4 palabras en francés, otras tantas en castellano (nivel MICHO) y muchas reverencias japonesas.
Puede que comenzáramos siendo extraños, que mantuvieramos las distancias pero cuando uno se esfuerza por ejercer la incomunicación...el verbo se abre camino, eso está claro.
La etapa de Monesterio era, como prometió el bicigrino, un camino "chungo" cuya longitud e irregularidad no se ven reflejadas en las guías y cuya complicación puso a prueba mis fuerzas. Si me ciñera a los acontecimientos el relato carecería del caracter épico que había pensado darle, pero a tenor de la verdad y tras un cómodo camino a la sombra de los árboles, el firme se convirtió inesperadamente en una subida constante a lo largo del estrecho arcén de una carretera nacional. Subir, subir, subir y subir incluso cuando tu instinto te dice que estas bajando.
Podría atraer vuestra atención con una descripción detallada de las múltiples puertas que separan los campos por los que pasa el camino, incluso podríamos debatir sobre la inexactitud de llamar a este campo compartimentado: "campo abierto".
También podría comentar que la actividad cerebral está basada principalmente en visceración del cancionero popular, la perversión de las sevillanas, los gritos e improperios varios cuando estamos en soledad, etc.
Pero debemos ser realistas, a 6 km de Monesterio, bajando por la carretera, faciendo la via del calatraveño a Santa María, vencido del sueño, do vi la vaquera de la Finojosa...perdí la carrera...el palo perdió pie, el pie derecho perdió pie y caí con todo lo puesto, rodando por un terraplén.
Desgraciadamente, en esos razonamientos fugaces a los que te obliga la vida, a menudo, evitar un mal mayor te obliga a asumir males menores; por lo cual no pude evitar el desgarramiento de la espinilla (de la que me queda una bonita cicatriz), las manos y la rodilla.
En aquellos momentos deseé la compañía del señor Miyagi y sus masajes sanadores, pero esta ensoñación lejos de curar la herida no evitó que la sangre saliera a borbotones. Tardé un tiempo en reaccionar, el calor, el cansancio y el éxtasis del dolor recorrían lo que quedaba de mi.
En aquellos momentos mi mente gritaba basta y mi cuerpo no me hablaba, pero tiré de mi escueto botiquín que consistía en poco más que una toallitas hipoalergénicas y crema de betadine. Nada que pudiera evitar que la herida dejara de sangrar.
No recuerdo el lapso de tiempo, pero sí recuerdo con claridad haber oido un "estas bien?". Alcé la vista y vi a unos superequipados bicigrinos desde lo alto de la carretera que me desearon mejoría y continuaron su camino. Por un momento pensé que no merecía un tratamiento maternal y que el lema de "tu camino, tus reglas, tu responsabilidad" entraba en conflicto con pararse a socorrer a imbéciles...pero oir los gritos de "Manuel, Manuel" de Chantal...verla sacar el botiquín y que Jaques te coja el brazo y te diga "te va a doler" y que tu digas "Merci" al dolor, convirtió un momento trágico en un momento mágico.
Para cuando volví a la realidad, tenía la pierna vendada. Chantal me desinfectó con clistalmina, una pastilla, 3 tipos de vendaje y les faltó un besito en la herida, pero teniendo en cuenta la mierda de ayuda prestada por los bicigrinos; que una francesa de 70 años a la que no conoces de nada, te cure las heridas te deja sin aliento.
Resulta curioso y divertido, ahora 1 año después contemplar a ese cínico existencialista. Mi visión del universo distaba mucho de las realidades mínimas que son las que constituyen el mundo en realidad y no ese retrato efímero que nos llega a través de la cultura popular; sin embargo es tan común que lo mediocre se sienta único que creía que el cinismo era inherente al ser humano y que algunos afortunados tenían la capacidad de fingir lo contrario.
En mi corta vida, he elegido el camino más largo para todo. Dicen que lo más poderoso del mundo es el amor, pero en realidad es al miedo al que se han construido catedrales, pirámides y templos. Miedo a la muerte, miedo a la vida, miedo al principio y al final, miedo a equivocarnos, miedos que despiertan nuestros instintos primitivos y nuestra pasión.
Allí, tirado en el suelo...me sentí liberado del miedo. No había ni canción, ni película, ni nadie a mi alrededor. Antes de la llegada de Chantal...me di cuenta de que no tenía miedo a morir, sinceramente no queria vivir y crei que el camino me venceria de una forma que no podria encajar. En esencia este procesamiento mental es un poco tonto y autovictimista, pero es un diario de viaje y me parece indicado compartirlo todo.

Volviendo a la realidad, caerse y herirse es la mayor cagada que te puede pasar en el camino. Esto te obliga a ir más lento y con más precauciones de lo normal. El constante bombeo de sangre del ejercicio aeróbico, evita la formación de postillas...así que a los 15 min de volver a caminar, las vendas chorreaban sangre y notaba que fluía por mi tobillo y el calcetín.
La llegada a Monesterio, lejos de ser celebrada por la superación de los 100 km a pie; fue tétrica. Accedimos a través de un núcleo residencial de nueva construcción abandonado, que daba paso a más carretera y un pueblo en constante subida. Llegamos los últimos, pues Chantal y Jaques me escoltaron preguntándome mi estado en todo momento.
Yo estaba triste pues sabía que la caida ponía de manifiesto que era inutil continuar; que mañana amanecería con un hematoma y que mis fuerzas estaban al límite.
100 km me pareció una cifra bastante digna para dar por finalizada la aventura y me informé de los horarios de los autobuses en la oficina de turismo.
Sin embargo, la mente tiene una forma peculiar de llamar nuestra atención. A veces establece conexiones donde normalmente no veríamos nada. O recuerda momentos de nuestra historia y los pone ante nosotros para evidenciar que el camino nos exige algo más que andar.
Podría describir una iluminación divina, que vi a la virgen, que se me apareció algún miembro del santoral pero estaría exteriorizando la responsabilidad de mi decisión. Elegí seguir, y no tengo una explicación coherente que ofrecer.
Me considero un hombre bastante locuaz y analítico como para construir argumentos que apoyaran una rendición o una continuación; pero de corazón...seguí porque necesitaba seguir.

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